Me cagan los adolescentes.
Incluso cuando yo era parte de ellos. En alguna ocasión ya expuse argumentos sesudos al respecto en la no tan desangelada temporada anterior del bló. Que emocionante que ya me puedo citar a mímismo, ¿o no?
Como siempre que nos tragamos nuestras palabras es digno de celebración o escarnio estoy aquí para confesar que recién he conocido un adolescente que me ha caído bien.
Un mocoso espabilado de apenas 13 años. Cuyas mayores aficiones en la vida son jalársela, coleccionar palabras raras e implementar trucos para salir bien librado del diario.
Para constatar que no es un desvarío de la temporada decembrina inducido por la ingesta desmesurada de mandarinas mezcladas con cerveza, transcribo una intimísima lista provista por el chamaco en cuestión que expondrá, por sí misma, las razones de mi simpatía. Es una declaración sentida de aquello que él, mínimo gladiador chaquetero, considera intolerable en este mundo.
Prepotencia
Malinchismo indiscriminado
Hipocresía de telenovela
Falta de concentración
Fanatismo vulgar
Humildad por sobre todas las cosas
Mal gusto
Xenofobia disimulada o no
Excesiva bondad
Falta de interés
Soberbia galopante
Parloteo banal, vacuo, inocuo, huero, superficial, intrascendente o como se quiera decir
Uso exagerado de pleonasmos
¿Cómo no sentir empatía por esta sensibilísima alma?
Sobre él puede decirse que está convencido de ser el doble, físicamente hablando, de Kevin Costner; está completamente obsesionado con el tamaño de su pene, del cual suele contar con seguridad que tiene proporciones monstruosas que podrían provocar caos vial en cualquier metrópoli de ser revelado al público. Las chichis y su novia Osbelia son otras de sus aficiones constantes. Es el orgulloso ganador del concurso de longitud de eyaculación en su secundaria, incluso.
Pero que la puñetera naturaleza del crío no lo engañe. Es una criatura conmovedora y extraviada. Los registros de ternura que alcanza son altísimos. Como prueba definitoria trascribo una lista más para entender el complejo funcionamiento de su mente. La enumeración puntual de las cosas que más odia en toda el mundo.
Las campañas de los partidos políticos
Las escenas de las telenovelas cuando lloran
Los postres
Los que suben sus coches a las banquetas y estorban el paso
La gripe y el chorrillo
El timbre del teléfono
El helado cuando se mete entre los dientes
Los comerciales por radio
Rocky V
Que me dejen esperando en el coche
Que mi mamá y mi papá se peleen
¿Cómo no identificarse con esa atolondrada ingenuidad?
Como cualquier lector malpensado podrá conjeturar sin necesidad de habilidades psicologistas, el chamaco me cae bien, en ultimísima instancia, por que me identifico con él. A medio vuelo entre la guarrez, la ternura y el snobismo. Quizá sea el espíritu navideño o la implosión del sistema económico mexicano para el próximo año pero debo decir que he reconsiderado mi perspectiva sobre la adolescencia. Descubrimiento, perplejidad, contemplación, incertidumbre.
Al menos literariamente. Jo.
Aunque el Holden Caulfield de Salinger sigue siendo el gran referente adolescente, el personaje de Ruvalcaba en ‘Hilito de sangre’ es destertiñadamente divertido. Lo reconfortante sobre mi postura ante los adolescentes es que estos personajes han sido creados por escritores misántropos y alcohólicos, es decir, me siguen cagando la madre los adolescentes reales hasta que algún artista mañoso los dignifica mediante la ficción.
Pero bueh. En realidad no me parezco tanto al personaje del libro. Digo, no luzco como ningún famoso ni la tengo tan grande.
Con énfasis en el ‘tan’, eh.
Incluso cuando yo era parte de ellos. En alguna ocasión ya expuse argumentos sesudos al respecto en la no tan desangelada temporada anterior del bló. Que emocionante que ya me puedo citar a mímismo, ¿o no?
Como siempre que nos tragamos nuestras palabras es digno de celebración o escarnio estoy aquí para confesar que recién he conocido un adolescente que me ha caído bien.
Un mocoso espabilado de apenas 13 años. Cuyas mayores aficiones en la vida son jalársela, coleccionar palabras raras e implementar trucos para salir bien librado del diario.
Para constatar que no es un desvarío de la temporada decembrina inducido por la ingesta desmesurada de mandarinas mezcladas con cerveza, transcribo una intimísima lista provista por el chamaco en cuestión que expondrá, por sí misma, las razones de mi simpatía. Es una declaración sentida de aquello que él, mínimo gladiador chaquetero, considera intolerable en este mundo.
Prepotencia
Malinchismo indiscriminado
Hipocresía de telenovela
Falta de concentración
Fanatismo vulgar
Humildad por sobre todas las cosas
Mal gusto
Xenofobia disimulada o no
Excesiva bondad
Falta de interés
Soberbia galopante
Parloteo banal, vacuo, inocuo, huero, superficial, intrascendente o como se quiera decir
Uso exagerado de pleonasmos
¿Cómo no sentir empatía por esta sensibilísima alma?
Sobre él puede decirse que está convencido de ser el doble, físicamente hablando, de Kevin Costner; está completamente obsesionado con el tamaño de su pene, del cual suele contar con seguridad que tiene proporciones monstruosas que podrían provocar caos vial en cualquier metrópoli de ser revelado al público. Las chichis y su novia Osbelia son otras de sus aficiones constantes. Es el orgulloso ganador del concurso de longitud de eyaculación en su secundaria, incluso.
Pero que la puñetera naturaleza del crío no lo engañe. Es una criatura conmovedora y extraviada. Los registros de ternura que alcanza son altísimos. Como prueba definitoria trascribo una lista más para entender el complejo funcionamiento de su mente. La enumeración puntual de las cosas que más odia en toda el mundo.
Las campañas de los partidos políticos
Las escenas de las telenovelas cuando lloran
Los postres
Los que suben sus coches a las banquetas y estorban el paso
La gripe y el chorrillo
El timbre del teléfono
El helado cuando se mete entre los dientes
Los comerciales por radio
Rocky V
Que me dejen esperando en el coche
Que mi mamá y mi papá se peleen
¿Cómo no identificarse con esa atolondrada ingenuidad?
Como cualquier lector malpensado podrá conjeturar sin necesidad de habilidades psicologistas, el chamaco me cae bien, en ultimísima instancia, por que me identifico con él. A medio vuelo entre la guarrez, la ternura y el snobismo. Quizá sea el espíritu navideño o la implosión del sistema económico mexicano para el próximo año pero debo decir que he reconsiderado mi perspectiva sobre la adolescencia. Descubrimiento, perplejidad, contemplación, incertidumbre.
Al menos literariamente. Jo.
Aunque el Holden Caulfield de Salinger sigue siendo el gran referente adolescente, el personaje de Ruvalcaba en ‘Hilito de sangre’ es destertiñadamente divertido. Lo reconfortante sobre mi postura ante los adolescentes es que estos personajes han sido creados por escritores misántropos y alcohólicos, es decir, me siguen cagando la madre los adolescentes reales hasta que algún artista mañoso los dignifica mediante la ficción.
Pero bueh. En realidad no me parezco tanto al personaje del libro. Digo, no luzco como ningún famoso ni la tengo tan grande.
Con énfasis en el ‘tan’, eh.
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