12 octubre 2009

Mundo de Caramelo

Es fácil hablar del dolor. Sólo se necesita reunir dos condiciones: sentir y ser humano. Pero todo dolor también es fácil de ocultar.

Cuando éramos niños vivíamos en una confitería. Apenas cruzabas la puerta de mi casa podían verse, dispuestos en las vitrinas, un montón de dulces de diversos colores. La gran variedad cromática era útil para dos cosas: la primera evidente por sí misma, es decir, identificar los sabores de los caramelos; la otra era un poco más compleja, dado que cada color tenía un significado para aliviar cualquier tipo de dolor. Los morados uva servían para olvidar los golpes por alguna caída o raspón, los amarillos para curar la ausencia de un padre que vivía lejos, los verdes para soportar la pesadez de una madre sobre protectora que hostigaba cada paso, cada respiro, cada latido que dábamos; los rojos servían para omitir la idea de que nos enamoramos y no éramos correspondidos. Sí, desde entonces sabíamos que cada dulce era la cura para la memoria. No para mejorarla, sino para perderla.

Los pequeños antídotos azucarados se transformaron gradualmente. De forma casi imperceptible, tal como nosotros cambiamos. Se fueron volviendo más ácidos, más picantes, más necesarios; incluso el arrebato de memoria que provocaban era mayor por que, por supuesto, el número de cosas para olvidar aumentaba.

El nuevo tipo de caramelos llenaba los ojos con un hechicero rosado, poseía colores aún más llamativos que sus antecesores, con sabores aún más escandalosos de los que se podían encontrar en cualquier fruta o jalea. El celofán dejó de ser mera envoltura para convertirse en parte del caramelo. Olvidando así -al igual que nosotros- la importancia de una obra artesanal, por que los caramelos fueron entonces solo diseño, puro plástico. Nosotros también.

De ninguna manera se tome esto como una queja, al contrario, la inclusión de múltiples formas en los colores que eran parte de los dulces significaban el surgimiento de nuevas formas de sentimientos, de estados de conciencia, de nuevas reacciones químicas provocadas por los productos diseñados y el casi natural aporte de la saliva. El placebo se intensificaba con cada porción de olvido.

Uno de los caramelos preferidos era aquel que envolvía con un dulce sólido una pequeña cantidad de polvo efervescente. Recuerdo que entonces movía la lengua nerviosamente por el efecto burbujeante, apenas poco menos de cuando intento dibujar con ella el círculo que forman sus pezones. Esos que al igual que su dueña, por cierto, se han vuelto también un caramelo, que es dulce como su olor, que también me permite olvidar cualquier molestia, sobre todo la de ser yo.

Es ella acaso un poco más efectiva que los otros, los dulces que ahora me relajan o me alteran, esos sorprendentemente vistosos que se presentan en ristras cubiertas con papel metálico, los que me tranquilizan hasta hacerme perder la conciencia, hasta hacerme dormir hasta mañana, como en estos momentos en los que me reafirman que todo dolor es conciencia y todo alivio un caramelo.

10 agosto 2009

The invention of Solitude

'Poco a poco comienzo a comprender el absurdo de la tarea que he emprendido. Tengo la sensación de que intento llegar a algún sitio, como si supiera lo que quiero decir; pero cuanto más avanzo, más me doy cuenta de que el camino hacia mi objetivo no existe. Tengo que inventar la ruta a cada paso, y eso hace que nunca esté seguro de dónde me encuentro. Tengo la impresión de que me muevo en círculos, de que vuelvo constantemente atrás o de que voy en varias direcciones a la vez. Incluso cuando consigo avanzar un poco, no estoy muy seguro de hacerlo en el rumbo correcto. El hecho de que uno vague por el desierto no quiere decir que necesariamente haya una tierra prometida'.

Snif.

08 julio 2009

Cosas

I

Al contrario: cuando las vemos
Se aquietan las cosas en su páramo sutil.

Ya la mesa, en su lugar, silenciosa se vuelve,
la ventana deja de nuevo
traslucir la luz.

Y, lejanas de mis dedos,
inmóviles entonan el silencio que las cifra
las teclas del piano.

II

Los objetos de diario se transparentan, se fugan.
Tu mano puede seguirlos, pero no alcanzarlos.
Tus ojos han de llorarlos, pero no verlos.
Pasarán de largo las pupilas a través de los objetos
(los objetos de diario)
La mano se hundirá, leve, dentro su propio reflejo.
Los objetos de diario no serán los objetos de diario.
Y tus ojos mirarán cómo te cierra la garganta tu mano
que no es ya tu mano
sino la mano transparente que siempre estuvo esperando,
desde el principio,
el punto cierto de todo este final.

III

Sorprender la verdad de las cosas:
no son ellas.
En cada cosa se ocultan las cosas que no vemos.
Las vemos pero no las creemos.
Están ocultas en su propia superficie
y su poder consiste en demostrar
que no son ellas mismas ellas mismas.
Son todas las cosas todas las cosas: lo mismo.
Cuando te quedes quieto mirando alguna cosa
has de verla girar a toda esfera:
la frente de las cosas se mirará de frente.
Y sabrás que lo mismo ya estaba allí
pero era necesario darle vuelta.

12 mayo 2009

Julia Chambeadora





Julia es un buen nombre


Sus pasos resonaban con un eco firme. No solía usar tacones, pero esta vez un par de agujas rojas la elevaban cinco centímetros del suelo, otorgándole el andar de una yegua fina. Tenía diecinueve años cumplidos y Ramiro uno de preso. Las visitas precedentes la habían inmunizado de las miradas hambrientas de los internos: es más, ahora parecían gustarle, la hacían sentir bien, poderosa. Más que un simple halago a la redondez y perfección de sus nalgas, lo tomaba como una actitud filantrópica, un acto humanitario. Que vean lo que quieran, que se alimenten, se decía, y erguía ligeramente el trasero.

El custodio se detuvo frente al Oasis, como llamaban al área de las visitas conyugales. Giró sobre sus talones y clavó por un instante la mirada en el par de tetas que tenía frente a él. ‘Pase y espere’ le dijo y mientras empuja la puerta. La humedad que emanaba de las paredes le erizó la piel.

Un momento después entró Ramiro. Tras él, se azotó la puerta y se escuchó el grito ritual: ‘corre tiempo’. Tiempo oro en el cual no se reparaba en los detalles, cuáles zapatos nuevos ni que la chingada. Veinte minutos apenas para desfogar la pinche comida amalgamada, las chinches, los ronquidos a coro, la peste a orines y mierda; pero, sobre todo, el puñetero aburrimiento acumulado día tras día, que iba matándole a uno las ganas de vivir. ¿Veinte minutos? Vamos, no bastaban para decirle bien a bien que era una desgraciada, una ojeta y cabrona por no haber venido en los últimos seis meses… ¡seis pinches meses! ¿Con quién andaría de puta, la muy puta?

Avanzó lentamente hacia ella. Bajo el foco que pendía del techo, Julia pudo contemplarlo por un momento. No era ya Ramiro el mujeriego, el cabrón-hijodeputa, desmadroso y valemadrista. Ya le pesaba la cárcel. Se le notaba en la vista seca, en la calva naciente, en los hombros ligeramente tirados para delante. A sus 39 años se le habían sumado un par de lustros sin misericordia. Con todo, intentó intimidarla con la mirada. Ella permanecía firme, altiva. Se había arreglado especialmente para la ocasión, había imaginado la escena previamente, se sentía preparada para lo que fuera. Vestía un escote abierto, una falda corta, media de red; se perfumó las pechugas, se acicaló aquí y allá. Si viviera, su mamá le hubiera dicho que vestía como una puta. ¿Y qué importaba? Se sabía buenísima. Abrió los brazos y lo recibió en silencio, con un gesto de niña traviesa.

Ramiro hundió la cabeza entre sus tetas. Por un momento se dejó proteger por la tibieza de ese par de frutos que lo confortaban con una mezcla de sudor y perfume. Aspiró hondo. De pronto, todo el ardor contenido lo contragolpeó con violencia y se le concentró en la punta de la verga como un ejército herido y furioso. Un deseo irrefrenable de sexo y venganza le nublaba la vista. Sintió que le faltaba el aire. Jadeaba. Con movimientos desesperados rompió el amarre del pantalón, sacó su pene erecto, y comenzó a masturbarse con fiereza, pegando su cuerpo al de ella, sometiéndola, presionándola contra la pared, hundiendo cada vez más la cabeza en su pecho, empujándola casi hasta derribarla, envistiéndola.

Julia resistía. Como pudo soportó de pie los embates de Ramiro, intentó frenar su desesperación posando sus manos sobre sus hombros. Quería imponer su ritmo. Domesticarlo. Frenó la mano enajenada de Ramiro y la sustituyó por las suyas, envolviéndole el miembro como si fuera un ave lastimada. Había tiempo, poco, pero suficiente. Ramiro jadeaba, intentaba frenarse, quería contemplarla, sentir su aliento joven, sus pezones, sus nalgas, su calor, pero apenas podía con la presión de su torrente sanguíneo. El contacto frío y suave de las palmas de Julia provocó que volteara al techo y aspirara hondamente. Respiró. Calma, calma, se dijo. Apretó las mandíbulas. Balbuceó: maldita, seas, dónde putas habías estado, dónde chingados te habías metido… shhh, shhh… respondió ella, mientras se agachaba pausadamente y araba con la punta de su lengua su vientre, avivando a su paso el olor amargo de la piel abandonada. Podía sentir el pulso de una bestia desesperada, era un explosivo activado. Lentamente, muy lentamente, recibió el miembro de Ramiro con la lengua y luego dejó que se deslizara hasta la garganta. Contuvo el aire. Sabía cómo hacerlo. Lo cobijó con su aliento, lo humedeció cariñosamente y lo sacó despacio, con amor, con morbo, como él mismo le había enseñado a hacerlo. Quería mimarlo como nunca para que la recordara siempre así, entregándose, sí, usándola, sí. Sabía que cada segundo extendido era una garantía en la memoria, era la manera en que cada una de las letras de J-U-L-I-A quedaría tatuada en su cuerpo. Otra vez lo metió hasta la garganta, despacio… despacio. Besaba una hidra que apenas se podía contener.

Una extraña atmósfera de sensualidad envolvía a Ramiro. Lo aletargaba, lo drogaba. Todo confluía: la soledad, la cárcel, el amor que había sentido por la pinche Julia, que ahora estaba otra vez a sus pies. Julia, Julia, la pinche Julia; y Julia continuaba con su labor, despacio, con amor, con morbo, revirando de vez en cuando hacia arriba, extrayendo todo el dolor de ese hombre que había amado por pendeja, por niña inexperta, por caliente y Ramiro cerraba los ojos y tambaleaba la cabeza sumido en un placer narcótico, de morir, de vivir, de ser otra vez quien era, el dijo de puta al que todo le valía madres. ¿Qué más daba? Si la vida es una mierda por igual, fuera, dentro, arriba o abajo, somos todos contra todos, devorándonos sin parar, así era el puñetero mundo… y comenzó a venirse con violencia, contrayendo cada unos de sus músculos, reiniciando el alma perdida hace seis meses, resucitando, ofrendando dosis de una savia tibia y temblorosa que Julia recibía sin remilgos. Era ella quien inventaba un túnel de escapatoria efímera, el momento de libertad y un diminuto adiós de 5, 6, 7 segundos. Era todo lo que podía hacer por él. Ramiro volaba por encima del pabellón, ausente, por instantes, 8, 9, 10, 12 segundos… Tiempo!, gritó el custodio. Órale, órale jijos de… no son los únicos que necesitan cuarto. Ahí les va la puerta.



30 abril 2009

Cuento Infantil

Una mañana el Príncipe Azul se resolvió sobre su estatus social. Hizo mella en él los rumores del Palacio que ponián en entredicho su sexualidad. Decidió casarse.

Cabildeó entre su corte sobre las potenciales candidatas. Ahí estaba Blancanieves e incluso La Bella Durmiente. El Príncipe Azul buscó una mujer digna de su garbo social, de su impoluta moral; no cualquier trepadora social.

Visitó la casa en el campo de Blancanieves. ‘¿Te quieres casar conmigo, Blancanieves?’ ‘Claro que sí’. ‘Sólo una pregunta’, advirtió el Príncipe Azul. ¿Qué es esto?, dijo señalándose la entrepierna. ‘Este... un miembro, Príncipe Azul’. ‘Que lástima que respondas eso, Blancanieves. Adiós.’ Siguió buscando. Acercándose sigiloso hasta la Bella Durmiente le pregunta ‘¿te quieres casar conmigo?’, al tiempo que la despierta con un delicado beso. ‘Claro que sí, Príncipe Azul’. ‘Bueno, sólo contéstame esto’. Bajando el cierre de su bragueta mostrándoselo pregunta: ‘¿Qué es esto Bella Durmiente?’ ‘Pues un pene, mi Príncipe’, contesta relajadamente. ‘Joder con estas mujeres modernas’, murmura con decepción el Príncipe Azul.

Después de mucho caminar toca en la casita de Heidi. No quiere perder ninguna oportunidad. ‘Heidi, ¿quieres casarte conmigo? ‘Mhm. Está bien’. ‘Sólo dime qué es esto, Heidi’, advierte con hastío el Príncipe Azul. Al sacar su pene Heidi siente el rubor subir por su rostro, titubeante responde: ‘Parece... como... un champiñón, Príncipe Azul’. ‘Ah, excelente’, exclamó el Príncipe Azul satisfecho por la femenina ingenuidad de su ahora prometida.

La boda es maravillosa. Digna de un relato de princesas. Al quedarse solos el Príncipe Azul toma con delicadeza el talle de Heidi, la conduce hasta la recámara real. ‘Querida, ahora sí puedo hablarte directamente’, le susurró al oído al tiempo que se quitó el pantalón. ‘Esto no es un champiñón, pequeña. Es un pene’. Heidi contesta: ‘Ni madres! ¡eso es un champiñón! ¡para verga la de Pedro!