02 enero 2010

Hilito

Me cagan los adolescentes.

Incluso cuando yo era parte de ellos. En alguna ocasión ya expuse argumentos sesudos al respecto en la no tan desangelada temporada anterior del bló. Que emocionante que ya me puedo citar a mímismo, ¿o no?

Como siempre que nos tragamos nuestras palabras es digno de celebración o escarnio estoy aquí para confesar que recién he conocido un adolescente que me ha caído bien.

Un mocoso espabilado de apenas 13 años. Cuyas mayores aficiones en la vida son jalársela, coleccionar palabras raras e implementar trucos para salir bien librado del diario.

Para constatar que no es un desvarío de la temporada decembrina inducido por la ingesta desmesurada de mandarinas mezcladas con cerveza, transcribo una intimísima lista provista por el chamaco en cuestión que expondrá, por sí misma, las razones de mi simpatía. Es una declaración sentida de aquello que él, mínimo gladiador chaquetero, considera intolerable en este mundo.

Prepotencia
Malinchismo indiscriminado
Hipocresía de telenovela
Falta de concentración
Fanatismo vulgar
Humildad por sobre todas las cosas
Mal gusto
Xenofobia disimulada o no
Excesiva bondad
Falta de interés
Soberbia galopante
Parloteo banal, vacuo, inocuo, huero, superficial, intrascendente o como se quiera decir
Uso exagerado de pleonasmos

¿Cómo no sentir empatía por esta sensibilísima alma?

Sobre él puede decirse que está convencido de ser el doble, físicamente hablando, de Kevin Costner; está completamente obsesionado con el tamaño de su pene, del cual suele contar con seguridad que tiene proporciones monstruosas que podrían provocar caos vial en cualquier metrópoli de ser revelado al público. Las chichis y su novia Osbelia son otras de sus aficiones constantes. Es el orgulloso ganador del concurso de longitud de eyaculación en su secundaria, incluso.

Pero que la puñetera naturaleza del crío no lo engañe. Es una criatura conmovedora y extraviada. Los registros de ternura que alcanza son altísimos. Como prueba definitoria trascribo una lista más para entender el complejo funcionamiento de su mente. La enumeración puntual de las cosas que más odia en toda el mundo.

Las campañas de los partidos políticos
Las escenas de las telenovelas cuando lloran
Los postres
Los que suben sus coches a las banquetas y estorban el paso
La gripe y el chorrillo
El timbre del teléfono
El helado cuando se mete entre los dientes
Los comerciales por radio
Rocky V
Que me dejen esperando en el coche
Que mi mamá y mi papá se peleen

¿Cómo no identificarse con esa atolondrada ingenuidad?

Como cualquier lector malpensado podrá conjeturar sin necesidad de habilidades psicologistas, el chamaco me cae bien, en ultimísima instancia, por que me identifico con él. A medio vuelo entre la guarrez, la ternura y el snobismo. Quizá sea el espíritu navideño o la implosión del sistema económico mexicano para el próximo año pero debo decir que he reconsiderado mi perspectiva sobre la adolescencia. Descubrimiento, perplejidad, contemplación, incertidumbre.

Al menos literariamente. Jo.

Aunque el Holden Caulfield de Salinger sigue siendo el gran referente adolescente, el personaje de Ruvalcaba en ‘Hilito de sangre’ es destertiñadamente divertido. Lo reconfortante sobre mi postura ante los adolescentes es que estos personajes han sido creados por escritores misántropos y alcohólicos, es decir, me siguen cagando la madre los adolescentes reales hasta que algún artista mañoso los dignifica mediante la ficción.

Pero bueh. En realidad no me parezco tanto al personaje del libro. Digo, no luzco como ningún famoso ni la tengo tan grande.

Con énfasis en el ‘tan’, eh.


28 noviembre 2009

Rumanas

¿Qué es la soledad del poeta?
Un número de circo no anunciado en el programa.

¿Qué es una lágrima?
Una balanza aguardando las pesas.

¿Qué es la embriaguez?
Una página en blanco entre varios colores.

¿Qué es el olvido?
Una manzana verde en la que se clavó una flecha.

¿Qué es el retorno?
Casi nada, pero podría ser un copo de nieve.

¿Qué es la íltima noche antes de irse?
Irse de una exposición de porcelanas antiguas.

12 octubre 2009

Mundo de Caramelo

Es fácil hablar del dolor. Sólo se necesita reunir dos condiciones: sentir y ser humano. Pero todo dolor también es fácil de ocultar.

Cuando éramos niños vivíamos en una confitería. Apenas cruzabas la puerta de mi casa podían verse, dispuestos en las vitrinas, un montón de dulces de diversos colores. La gran variedad cromática era útil para dos cosas: la primera evidente por sí misma, es decir, identificar los sabores de los caramelos; la otra era un poco más compleja, dado que cada color tenía un significado para aliviar cualquier tipo de dolor. Los morados uva servían para olvidar los golpes por alguna caída o raspón, los amarillos para curar la ausencia de un padre que vivía lejos, los verdes para soportar la pesadez de una madre sobre protectora que hostigaba cada paso, cada respiro, cada latido que dábamos; los rojos servían para omitir la idea de que nos enamoramos y no éramos correspondidos. Sí, desde entonces sabíamos que cada dulce era la cura para la memoria. No para mejorarla, sino para perderla.

Los pequeños antídotos azucarados se transformaron gradualmente. De forma casi imperceptible, tal como nosotros cambiamos. Se fueron volviendo más ácidos, más picantes, más necesarios; incluso el arrebato de memoria que provocaban era mayor por que, por supuesto, el número de cosas para olvidar aumentaba.

El nuevo tipo de caramelos llenaba los ojos con un hechicero rosado, poseía colores aún más llamativos que sus antecesores, con sabores aún más escandalosos de los que se podían encontrar en cualquier fruta o jalea. El celofán dejó de ser mera envoltura para convertirse en parte del caramelo. Olvidando así -al igual que nosotros- la importancia de una obra artesanal, por que los caramelos fueron entonces solo diseño, puro plástico. Nosotros también.

De ninguna manera se tome esto como una queja, al contrario, la inclusión de múltiples formas en los colores que eran parte de los dulces significaban el surgimiento de nuevas formas de sentimientos, de estados de conciencia, de nuevas reacciones químicas provocadas por los productos diseñados y el casi natural aporte de la saliva. El placebo se intensificaba con cada porción de olvido.

Uno de los caramelos preferidos era aquel que envolvía con un dulce sólido una pequeña cantidad de polvo efervescente. Recuerdo que entonces movía la lengua nerviosamente por el efecto burbujeante, apenas poco menos de cuando intento dibujar con ella el círculo que forman sus pezones. Esos que al igual que su dueña, por cierto, se han vuelto también un caramelo, que es dulce como su olor, que también me permite olvidar cualquier molestia, sobre todo la de ser yo.

Es ella acaso un poco más efectiva que los otros, los dulces que ahora me relajan o me alteran, esos sorprendentemente vistosos que se presentan en ristras cubiertas con papel metálico, los que me tranquilizan hasta hacerme perder la conciencia, hasta hacerme dormir hasta mañana, como en estos momentos en los que me reafirman que todo dolor es conciencia y todo alivio un caramelo.

10 agosto 2009

The invention of Solitude

'Poco a poco comienzo a comprender el absurdo de la tarea que he emprendido. Tengo la sensación de que intento llegar a algún sitio, como si supiera lo que quiero decir; pero cuanto más avanzo, más me doy cuenta de que el camino hacia mi objetivo no existe. Tengo que inventar la ruta a cada paso, y eso hace que nunca esté seguro de dónde me encuentro. Tengo la impresión de que me muevo en círculos, de que vuelvo constantemente atrás o de que voy en varias direcciones a la vez. Incluso cuando consigo avanzar un poco, no estoy muy seguro de hacerlo en el rumbo correcto. El hecho de que uno vague por el desierto no quiere decir que necesariamente haya una tierra prometida'.

Snif.

08 julio 2009

Cosas

I

Al contrario: cuando las vemos
Se aquietan las cosas en su páramo sutil.

Ya la mesa, en su lugar, silenciosa se vuelve,
la ventana deja de nuevo
traslucir la luz.

Y, lejanas de mis dedos,
inmóviles entonan el silencio que las cifra
las teclas del piano.

II

Los objetos de diario se transparentan, se fugan.
Tu mano puede seguirlos, pero no alcanzarlos.
Tus ojos han de llorarlos, pero no verlos.
Pasarán de largo las pupilas a través de los objetos
(los objetos de diario)
La mano se hundirá, leve, dentro su propio reflejo.
Los objetos de diario no serán los objetos de diario.
Y tus ojos mirarán cómo te cierra la garganta tu mano
que no es ya tu mano
sino la mano transparente que siempre estuvo esperando,
desde el principio,
el punto cierto de todo este final.

III

Sorprender la verdad de las cosas:
no son ellas.
En cada cosa se ocultan las cosas que no vemos.
Las vemos pero no las creemos.
Están ocultas en su propia superficie
y su poder consiste en demostrar
que no son ellas mismas ellas mismas.
Son todas las cosas todas las cosas: lo mismo.
Cuando te quedes quieto mirando alguna cosa
has de verla girar a toda esfera:
la frente de las cosas se mirará de frente.
Y sabrás que lo mismo ya estaba allí
pero era necesario darle vuelta.